Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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Y D'Artagnan reanudó la lectura de la carta, que continuaba de este modo:

“La arquilla os la regalo yo, y estoy seguro de que no os disgustará ver que mientras vosotros, soldados,
desenvaináis la espada en defensa del rey, yo fomento las artes de la paz para adorno de las recompensas
dignas de vos.
“Me recomiendo a vuestra amistad, señor mariscal, y os ruego creáis en la mía muy sincera. --Colbert.

D'Artagnan, ebrio de gozo, hizo una señal al mensajero, que se acercó con la arquilla en las manos; pero
en el momento en que el mariscal iba a contemplarla, llamó su atención hacia la ciudad una fuerte explo-
sión ocurrida en las murallas.
--Es extraño, --dijo D'Artagnan, --todavía no veo flamear en las murallas la bandera real ni oigo tocar
llamada.
El mariscal lanzó trescientos hombres de refresco a las órdenes de un valiente oficial, y ordenó que se ba-
tiese otra brecha.
Luego, más tranquilo, D'Artagnan se volvió hacia la arquila que le presentaba el emisario de Colbert y
que con tanto esfuerzo había ganado; mas, al tender la mano para abrirla, partió de la ciudad una bala raza
que hizo pedazos la arquila entre los brazos del oficial, hirió en mitad del pecho a D'Artagnan, y le derribó en el suelo, mientras el flordelisado bastón caía de aquella mutilada arquila y, rodando, venía a colocarse
bajo la desfallecida mano del mariscal.
D'Artagnan, a quien los que le rodeaban suponían incólume, intentó levantarse. Entonces, al ver al maris-
cal cubierto de sangre y cada vez más pálido su noble rostro, su estado mayor prorrumpió en un grito terri-
ble.
Apoyado en los brazos que de todas partes se tendían para recibirlo, D'Artagnan aún tuvo fuerzas para di-
rigir una postrer mirada a la plaza y divisar la bandera blanca en el principal baluarte; sus oídos, ya sordos a
los rumores de la vida, percibieron débilmente los redobles del parche que anunciaban la victoria.
Entonces apretó con su crispada mano el bastón bordado de flores de lis de oro, posó en él los ojos, ya sin
fuerza para mirar al cielo, y cayó murmurando estas extrañas palabras, que a los soldados les parecieron
otras tantas voces cabalísticas, voces que en otro tiempo representaron tanto en la tierra, y que nadie com-
prendía, excepto aquel moribundo:
--Athos, Porthos, hasta luego. Aramis, adiós para siempre.
De los cuatro valientes cuya historia hemos narrado, no quedaba más que uno solo: éste era Aramis. La
fuerza, la nobleza y el valor se habían remontado a Dios; la astucia, más hábil, les sobrevivió y moró sobre
la tierra.

FIN





 

 
 

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